viernes, 19 de julio de 2013

Marta Sanz y 'Black, black, black'... no hay por dónde cogerla

 

    La apuesta de Marta Sanz en 'Black, black, black' más que por una novela de detectives a la vieja usanza es por una obra de metaliteratura, con capítulos desconectados de la trama, una especie de 'Tiempo de silencio' en versión policiaca, una 'Rayuela' adaptada a lo ibérico.

    No deja de tener interés el planteamiento con la investigación del asesinato de una mujer por parte de su marido, un auténtico troglodita procedente del Norte de África, ordenado al detective Arturo Zarco, que es gay, pero antes estuvo casado con Paula, a quien ahora es su masoquista confidente... que al final entra en la investigación mientras Zarzo persigue al vecino de la víctima, Olmo, un menor amante de las mariposas, bajo la atenta mirada de su madre, Luz, más loca-cuerda que un cencerro... Buffff, qué cansancio!

    Si bien es cierto que lo narrado cuenta con un interés, tanto literario como filosófico, la desconexión de las diferentes partes del libro entre sí y la poca -o casi nula- relevancia de la trama de novela negra hacen que la haya dejado en la página 180 para evitarme el masoquismo que domina entre los peculiares y sonados vecinos de la Corrala. 

    Lo peor: El guirigay de personajes, las manías que les invaden, los capítulos sin relación entre sí, la larguísima parte del diario de Luz, sin pies ni cabeza; el surrealismo friki de la historia... Es como una casa habitada por todos los personajes de 'Mujeres al borde de un ataque de nervios' después de pasar unos meses en el Psiquiátrico de Santa Coloma sin medicación.

    Lo mejor: La apuesta por las nuevas formas narrativas. La riqueza mental y de pensamiento del protagonista, el investigador privado Arturo Zarco.