domingo, 4 de octubre de 2015

'Pablo Escobar, mi padre': el perdón y el descenso a los infiernos de Juan Pablo Escobar

 
    Este es un libro valiente. No es una novela negra, pero podría serlo. Habla de drogas, cárteles, asesinatos, sicarios, odio, política... unos ingredientes que bien mezclados podrían convertirse en 'LA Confidential' o 'Cosecha roja'.

    Si la realidad supera a la ficción, en 'Pablo Escobar, mi padre', esa realidad se torna casi onírica. Lo que sucedió en Colombia entre 1976 y 1993 se asemeja más a un mal sueño que a la cotidianeidad en el mundo civilizado. Es como un cuento de realismo mágico de García Márquez al que han añadido las andanzas de Vito Corleone.

    En esos años el mal se hizo hombre y se llamó Pablo Escobar, el Patrón. 

    Su hijo, Juan Pablo Escobar (ahora Juan Sebastián Marroquín, vecino de Buenos Aires) escribe una autobiografía valiente, clara, transparente y dura de lo que fue su padre: una persona que amó hasta el extremo a su mujer e hijos, mientras mandaba toneladas de cocaína a Estados Unidos, gozaba de decenas de furcias y mandaba cientos de asesinatos.


    En el libro se refleja la amistad entre el general Noriega y Escobar, entre los sandinistas de Daniel Ortega y Escobar, incluso aparece Felipe González recibiendo al diputado Escobar en España.

    También explica el plan del jefe del Cártel de Medellín para secuestrar a Chábeli Iglesias y pedir un rescate para financiar la lucha con el Cártel de Cali y el Estado colombiano.

    Aparece el atentado contra el edificio de la policía colombiana que costó cien muertos en la que los sicarios de Escobar colocaron siete toneladas de dinamita en un autobús que explotó por control remoto. Les enseñó a fabricar coches bomba un terrorista de ETA.

    También la ruta por mar de un mercante que semanalmente transportaba diez toneladas de cocaína a Miami y otro que llevaba cientos de quilos camuflados entre bananas.

    El libro se escribió después de que el hijo de Escobar se entrevistara con los hijos de Rodrigo Lara Bonilla y Luis Carlos Galán, ministro de Justicia y candidato a la presidencia de Colombia, respectivamente, a los que su padre mandó asesinar. Les pidió perdón y fue perdonado. 

    Incluso explica que, siendo César Gaviria director de aeronáutica sobrevivió a tres intentos de asesinato del Cártel de Medellín ya que dificultaba sus envíos de droga desde los aeródromos del país.

    También secuestró a Andrés Pastrana quien se libró por poco de caer bajo las balas de los sicarios de Escobar. Estos asesinos procedían en su mayor parte de uno de los barrios más deprimidos de la capital de Antioquia.

    Como en un momento dice Juan Pablo Escobar, la espiral de violencia y muerte pareció no tener fin. Cuanto más le perseguían las autoridades, más asesinatos de políticos, periodistas, policías y jueces ordenaba su padre. 

    Hasta que en diciembre de 1993 fue abatido de tres disparos por una unidad de élite de la Policía Nacional de Colombia, apoyada por servicios de inteligencia y la DEA estadounidense.

    Dice su hijo, al final del libro, que a su padre no lo mataron los policías sino que se suicidó de un tiro en el oído derecho con su inseparable pistola Sig Sauer P226: "Nunca me cogerán vivo" fue lo que le dijo el Patrón a su primogénito.